jueves, 15 de marzo de 2012

LA TEORÍA DE LA PERMANENCIA Y LOS MONUMENTOS. (II)

De hecho, en este sentido el método de las permanencias para explicar un hecho urbano está obligado a considerarlo fuera de las acciones presentes que lo modifican; es sustancialmente un método aislador. El método histórico acaba así no ya individualizando las permanencias, sino estando constituido siempre y solamente por las permanencias, puesto que sólo ellas pueden mostrar lo que la ciudad ha sido por todo aquello en que su pasado difiere del presente. Entonces las permanencias pueden
convertirse, respecto del estado de la ciudad, en hechos aisladores y anómalos, no pueden caracterizar un sistema sino en forma de un pasado que experimentamos aun.
Acerca de este punto el problema de las permanencias presenta dos vertientes; por un lado los elementos permanentes pueden ser considerados como elementos patológicos; por el otro, como elementos propulsores. O bien nos servimos de estos hechos para intentar comprender la ciudad en su totalidad o acabamos quedando atados por una serie de hechos que no podremos relacionar después con un sistema urbano.
Me doy cuenta de que no he hecho de manera bastante evidente la distinción que hay entre los elementos permanentes de modo vital y los que hay que considerar como elementos patológicos. Intentaré anticipar todavía algunas observaciones aunque no sistemáticamente; en las primeras páginas de este estudio he hablado del Palazzo della Ragione de Padua y he puesto de relieve su carácter permanente; aquí la permanencia no significa sólo que en este monumento se experimenta aún la forma del pasado, que la forma física del pasado ha asumido funciones diferentes y ha continuado funcionando, condicionando aquel contorno urbano y constituyendo siempre un foco importante del mismo. En parte este edificio es aún usado; aunque todo el mundo está convencido de que se trata de una obra de arte, se encuentra normal que en la planta baja dicho palacio funcione casi como un mercado al por menor y ello prueba su vitalidad. Tomemos la Alhambra de Granada; no alberga ya ni a los reyes moros ni a los reyes castellanos, aunque si aceptáramos las clasificaciones funcionalistas deberíamos declarar que eso constituye la principal función urbana de Granada. Es evidente que en Granada experimentamos la forma del pasado de manera completamente diferente de como la podemos experimentar en Padua (o si no completamente, al menos en gran parte). En el primer caso, la forma del pasado ha asumido una función diferente, pero está íntimamente en la ciudad, se ha modificado y es correcto pensar que podría modificarse aún; en el segundo, está por así decirlo aislada en la ciudad, nada se le puede añadir, constituye una experiencia tan esencial que no se puede modificar (consideremos en este sentido el fracaso sustancial del palacio de Carlos V, que podría ser destruido tranquilamente); pero, en los dos rasos, estos hechos urbanos son una parte insuprimible de la ciudad, porque constituyen la ciudad.
En este ejemplo he desarrollado argumentos que aproximan aún más y admirablemente un hecho urbano persistente a un monumento; de hecho, podría haber hablado del palacio ducal de Venecia, o del teatro de Nimes o de la mezquita de Córdoba y el argumento no hubiera cambiado. Desde luego me inclino a creer que los hechos urbanos persistentes se identifican con los monumentos; y que los monumentos son persistentes en la ciudad y efectivamente persisten aún fisicamente. (Excepto, al fin y al cabo, en casos bastante particulares.)

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